Recuerdos de fantasía
Abundante lluvia caía sobre el vecindario más concurrido de todo “El Chaparrón”. Era un árido verano en el resto del país, mas en aquel colorido pueblo, no se podía disfrutar del estío. Después de todo, no había ninguna coincidencia entre el nombre del lugar con su significado, pues, 365 días de lluvias torrenciales era lo que el buen amigo El Chaparón podía ofrecer a todos los habitantes del sitio. Pese que la mejor época del año para viajar era esta, nadie parecía interesado en dejar su vivienda a cambio de un poco de sol ardiente, arena y mar para vacacionar; todos los chaparrones sabían apreciar la belleza y encontrar el encanto que su pueblo poseía, de manera que, abandonar El Chaparrón para un descanso, no era una opción.
Las prístinas flores crecían galantes en preciosos jardines e incluso, el aire era más agradable para inhalar. Algunos niños salían de sus casas a jugar con los llamativos barcos de papel que aprendían a hacer en el colegio, mientras que sus padres charlaban entre sí sobre su años dorados en juventud a metros de distancia; otros danzaban bajo las gotas de lluvia y sorprendían a sus cuidadores al regresar a su hogar con manchas de lodo en sus prendas de vestir. Tan solo, unos pocos niños lucían sus mejores disfraces para actuar las escenas de sus películas favoritas bajo el aguacero. Los que eran más grandes, encontraban entretenimiento en diferentes lugares u ocasiones. Para unos, manejar de prisa sobre el asfalto mojado era una gran alternativa para presumir sus relucientes permisos de conducir, para otros, lo mejor era leer en sus habitaciones, bebiendo un amargo café a las cuatro en punto o jugando a largas partidas de Ajedrez. Todos, por muchas razones, amaban El Chaparón, todos, excepto ella.
Catalina Mejía permanecía castigada en el sofá de la sala principal en casa de los abuelos. Sus oídos estaban a punto de estallar. Desde el viejo estéreo de su abuelo, sonaban las repetitivas canciones de su grupo musical favorito, ABBA, viajaban a través de ondas y se grababan en su mente como un disco rayado. Se sentía en prisión.
«Por favor, Elvis Presley, no.» Rogaba solo para sí misma. Si escuchaba una sola palabra de dicho cantante, le daría una fuerte jaqueca.
Cada cinco minutos, sin falta alguna, dirigía su mirada al elegante reloj colgante en la pared a su costado; pero su repentino entusiasmo desaparecía al descubrir que aún faltaba demasiado tiempo para volver a su casa. A penas habían llegado hace media hora y no se marcharían hasta la semana siguiente. ¿Qué haría durante los próximos siete días en un lugar donde todo le inspiraba tristeza? Ni siquiera podía comprender por qué su madre añoraba tanto regresar. El sitio era devastador, nada comparado al brillo de su gran ciudad. El próximo año, rogaría para que los abuelos la visitaran a ella. Estaba dispuesta a intentarlo, era momento de cambiar la tradición, pasar un verano con personas de su edad, haciendo lo que le gustaba. No sonaba tan mal, al fin podría actuar como una adolescente de su edad. Sí, eso haría…Sin embargo, podía imaginar cada palabra y gesto de negación que su madre haría ante tan aberrante propuesta. Sus gritos tocarían cielo, eso era imposible. Mamá Tina y papá Lucio eran demasiado mayores para cruzar el país solos, debía ser empática y menos orgullosa por un instante.
Sus párpados se cerraban consecuentemente, un pesado sueño estaba cayendo sobre ella. Pasaba los minutos cambiando de canal con el —poco funcional y muy antiguo— control remoto del televisor de los abuelos. Las pantallas planas estaban en casi todos los lugares del país y Catalina no comprendía cómo sus abuelitos no habían cambiado su televisor por uno más atractivo. Lo devastador era que sólo podía ver los soporíferos y repetitivos programas de canales nacionales que, únicamente, los ancianos disfrutaban. Era su final, su vida de adolescente, estaba se estaba terminando justo ahí. ¿Qué dirían sus compañeros al regresar a clases? Seguro tendría que mentir sobre sus fantásticas e inexistentes vacaciones en las playas de Málaga, imitaría un falso acento español y le pediría a su padre que le enviara una postal a su nombre, aunque comenzaba a sospechar que este año, nadie podría creerle de nuevo. Tal vez era momento de enfrentar la verdad. Pero al ver las fotografías de las aventuras de sus amigos, un sentimiento de repulsión la invadía por completo. ¡Lo que daría por pasar unas vacaciones como sus compañeros! Ir a Suecia, como su amiga Natalia o a Japón, como su amigo Renato. Todo, menos estar ahí.
Dos horas más tarde, con una suave y delicada manta arropando su cuerpo, un brazo colgando y el cabello enmarañado, Catalina dormía plácidamente sobre el sofá en una incómoda posición que le causaría futuros dolores de espalda; era inducida por Morfeo a un dulce sueño permitiéndole alejar todos sus pensamientos del lugar donde se encontraba. Se veía a sí misma, descalza, enfundada en un bello vestido palo rosa y explorando por un extraño sendero de un bosque. Conocía aquel lugar, estaba segura que ya lo había visto antes, pero ¿Dónde, exactamente, era? Caminaba por toda la ruta como si supiera el recorrido de memoria, mientras una estridente voz la llamaba desde un punto desconocido ante su visión que, se volvía cada vez más borrosa. A medida que aumentaba su marcha, el escenario a su alrededor cambiaba considerablemente. Colores y proporciones fantásticas, siendo rodeada de criaturas mágicas y luces cegadoras con polvos para hechizos. Era un espléndido espejismo a su niñez, quería seguir disfrutando las maravillas que su mente podía crear. Sin embargo, ya era hora de despertar y al escuchar el insistente llamado de su madre, supo que debía terminar su sueño y asistir a la cena.
Con un profundo y muy largo bostezo, Catalina se estiró lo largo del sillón, frotó sus ojos sin cuidado y dobló la manta que reposaba sobre su cuerpo. Se dirigió hasta el comedor, no obstante, no vio ningún plato servido sobre la mesa al llegar. Ya dudaba un poco regresar a la sala e intentar reconciliar el sueño cuando, de repente, una escandalosa alarma llegó a sus oídos. Su volumen y ritmo iban aumentando, el corazón de Catalina se inquietó. Se paralizó por un instante y recapacitó intranquila. Dicha alarma solo podía significar que alguien había forzado la entrada de la casa. Oh, no. Cat dio media vuelta asustada, la señal de alerta era demasiado insistente, debía llamar a la policía. Tomó su celular, pero parecía que la batería la había traicionado y se había muerto. Tenía que buscar el teléfono fijo, pero, ¿dónde podía estar? Si tan solo hubiera prestado atención cuando le indicaron la nueva ubicación del aparato, no hubiera tenido que hurgar entre cada sitio.
Entonces, escuchó un chillido de una ventana quebrándose, seguido de unos fuertes golpes y unas voces raposas hablando en idioma extranjero. Era demasiado tarde, ya había personas adentro buscándola. La joven se disponía a buscar un escondite hasta que todas las luces de la casa se apagaron y Cat se ahogó en un terrorífico grito de auxilio. Escuchaba pisadas cerca de ella siendo jaladas por pesadas cadenas. Pudo distinguir una fragorosa respiración y el temor comenzó a invadir cada rincón de su mente. ¿En qué momento había pasado todo esto? Siempre creyó que ese era un pueblo tranquilo, pero en ese preciso instante podría presenciar el primer asalto en su vida. Cerró sus ojos por instinto, pese a que no había ninguna diferencia entre lo que podía ver o imaginar. Sus piernas temblaban y su pulso cardiaco aumentó considerablemente. Catalina podía desmallarse en cualquier momento. Ya había olvidado cómo se respiraba, no podía pensar en nada. Hace dos años escuchó una charla para este tipo de emergencias, pero apenas si podía recordar su nombre como para hacer memoria y poner en práctica lo aprendido.
De pronto, alguien acercó sus manos hasta sus ojos y los cubrió con un pañuelo. Catalina forcejeó contra esa fuerza externa, pero nada era posible para detenerla. Le taparon la boca y la escondieron debajo de un viejo mueble. Su piel se erizó y sus manos se pusieron frías.
—No hagas ruido, intento salvarte. —Susurró una joven voz masculina a la cercanía de sus oídos. Esa voz, ella ya la había oído antes, le resultaba familiar. ¿Quién…? —. Shh..., por favor, confía en mí. —Siseó suplicante.
Era en contra de sus principios hacer lo que el muchacho le pedía. Su madre enloquecería en dichas circunstancias, sin embargo, sus opciones no eran muchas. ¿Cómo podía fiarse de la palabra de alguien a quien no podía ver? ¿Acaso tenía otra opción?
Solo por curiosidad, la chica intentó quitarse el vendaje de los ojos, le extrañó que nadie se oponía a que lo hiciera. Tal vez, su supuesto salvador quería que lo viera. Sus manos temblaban un poco, tardó unos pocos segundos en que su vista se acostumbrara a la oscuridad. Finalmente, cuando pudo ver todo con claridad, su cuerpo experimentó una extraña corriente eléctrica, casi se atraganta por la sorpresa. No podía ser. Marcos Herrera, aquel divertido y risueño niño que jugaba todos los veranos lluviosos a su lado, con quien había vivido las aventuras más grandes de su infancia, estaba ahí, frente a ella. Lucía irreconocible. Él conservaba la misma carismática sonrisa, mas no recordaba que tuviera ojos grises. Su cabello estaba un poco más largo y descuidado quizá, y su piel era tan brillante. Era hermoso, angelical y ¿No estaba…muerto?
El chico que ella conocía, había fallecido hacía cuatro años atrás en un trágico accidente que jamás lograría olvidar. Paseaban juntos en una caminata de regreso a casa luego de un día de diversión por el río; ella tenía 12 y él era mayor por un año. Sus padres iban cuidándolos a distancia, pero en un momento de distracción, los pequeños se escabulleron de su vista. Querían regresar al río misterioso, aún sin el permiso de sus mayores; la rebeldía los recibía con brazos abiertos y la adrenalina besaba sus coronillas. Marcos deseaba mostrarle por última vez ese increíble clavado que recién había aprendido e ignoró cualquier señal de peligro que se presentó en el camino. Ya era muy tarde, el río fluía con mucha potencia y luego comenzó a llover. El niño se subió a la roca, cerró sus ojos y se lanzó al agua triunfando. Lo hizo una, dos y hasta tres veces, hasta que, en un descontrol, la cabeza de Marcos se golpeó contra una inmensa roca debajo del río. Perdió la conciencia y falleció ahogado. Por ello, El Chaparrón nunca volvió a ser lo mismo para Catalina. Ella no pudo despedirse de su amigo y jamás dejó de culparse por lo que sucedió.
Los ojos de la adolescente se acumularon con lágrimas al recordar todo lo sucedido, no pudo emitir ninguna palabra. Estaba petrificada. Debía ser una broma, su imaginación.
Marcos sonreía ampliamente mientras sus profundos ojos resplandecían como preciosos luceros. Podía ser un sueño, el mejor de todos. Catalina lo rodeó en sus brazos en un cálido abrazo y sollozó sobre sus hombros. ¡Lo había extrañado mucho! Tenía tanto por contarle, ni siquiera tendría suficiente tiempo para todo. Muchas preguntas rodaban por su mente, pese a que la más importante de todas era: ¿Qué hacía él ahí?
Como si de alguna manera, su amigo era capaz de leer su mente, le pidió que conservara la calma y le prometió resolver todas sus interrogantes en un momento futuro.
—Necesito que te agaches y observes a los hombres que están afuera. —Pidió el joven, mientras Catalina atendía sus instrucciones con rapidez.
Aún con dificultad de visión, lució admirada por lo que sus ojos le presentaron. Esos no eran hombres, ¡Eran ogros! Gigantes y violetas, además que sostenían una especie de bate en sus manos y, efectivamente, llevaban cadenas en sus pies. Eso explicaba los sonidos de antes, pero no entendía cómo eso era posible.
—Te están buscando, no te mentiré —prosiguió el muchacho—. Te he librado de ellos, pero no podemos permanecer mucho tiempo aquí. Necesitamos irnos.
—¿Irnos? Aguarda un momento. ¿Hablas en serio? ¿Qué pasará con mi madre y mis abuelos?
—Bah, ¿acaso no era lo que querías, Cat? Estabas aburrida de aquí, desde que viniste, nada te gustó. Tienes la oportunidad de escapar. ¡Vengo a librarte de este lugar, de ellos!
—¡Basta! Yo jamás dije eso. —Atacó la joven.
—Pero lo pensaste y solo no una vez, fueron cientos. Creí que querías verme, pensé que sería buena idea. Puedo irme si deseas, ellos tampoco son tan malos como parece.
Un cruel remordimiento golpeó a Catalina con brutalidad, Marcos tenía razón. Él no tenía malas intenciones, era su mejor amigo y ahora estaba de vuelta, lo que siempre quiso. ¿Por qué no podía aceptarlo ya?
—No, olvida lo que dije, tienes razón. Iré contigo.
Marcos se mostró lleno de felicidad y le ordenó a Catalina que cerrara sus ojos, tomara sus manos y pasara lo que pasara, no lo soltara. Ella obedeció sin mayor dificultad, pues aún no conocía al reto que se vería envuelta. No pasaron ni tres segundos hasta que sus cuerpos fueron elevados por el aire y comenzaron a flotar con una dirección secreta. La chica sentía cosquillas en su interior y una nerviosa risa brotó de su sistema. Todo se convirtió en una montaña rusa y volaron a una velocidad increíble. Ráfagas de viento azotaban sus cuerpos y brisa de mar caía sobre ellos. Era el viaje más extraño de su vida, hasta que tocó tierra. Ya era momento para abrir sus ojos y se llenó de admiración al verse rodeada del mismo sitio que había visitado en sus sueños la misma tarde. Ahí no terminaba todo, ella incluso, vestía de la misma manera como en su fantasía. Cat rio enternecida. Todo era más encantador, más puro, más real. Marcos corrió a su lado y le tendió su mano para mostrarle el lugar, pero claro, ella ya lo conocía un poco.
Lo que restaba de la noche y hasta el amanecer lo pasaron juntos. Abriendo diferentes puertas a mundos con dimensiones diferentes, sumergiéndose en aguas de colores o charlando con los monos. Las horas trascurrían con mayor lentitud en aquel lugar, todo era más colorido allí. Se contaron chistes con las hienas, bebieron té con la Reina Abeja I y nadaron junto los tiburones herbívoros. Podían teñir las plantas y rodar por colinas del césped a base amor. Por un momento, Catalina volvía a tener 5 años, veía un universo impecable a través de otros ojos y podía imaginar cuántos finales felices deseara. No había ni una sola pizca de maldad, no sentía temor por nada y se creía infinita y plenamente feliz.
—¿Cómo es que vives aquí y por qué no me trajiste antes? Fuiste un poco egoísta conmigo, eh. —Bromeó la dulce chica.
—No pude hacerlo antes, vivir aquí no es tan lindo como crees. A veces me aburro, todo aquí está medido, es básicamente, el mundo ideal.
—¿Y? No veo el problema. Lo he pasado de maravilla. No tienes nada de qué preocuparte. No estudias, no trabajas. Eres libre, ¿no es suficiente?
—No lo entiendes, Cat.—Lamentó el muchacho—. Tú tienes un precioso mundo por conocer y por mejorar, pero es una pena que no lo puedas ver así. Te has dado por vencida tan pronto y te has alejado con facilidad.
— ¡No podía quedarme allí! Tú mismo lo dijiste, fuiste a salvarme de los ogros. Debía huir.
—No, no debías. Pudiste permanecer ahí y enfrentarlos tú sola, pero te dejaste convencer por mi palabra. Has venido un sitio donde nada tiene precio, has querido ser tú feliz y dejar atrás a tu familia y demás amigos sin importar lo que suceda con sus vidas. Preferiste tomar el camino fácil, pero creo que en ningún momento analizaste si era lo correcto. ¿Cómo crees que me sentí cuando vine aquí y ya todo era perfecto? Tener sueños, ideales y anhelos que no podría realizar porque ya todo fue creado y resuelto. Ahora, debo resignarme a todo esto. No hay nadie más aquí, estoy solo. Tuve que dejar todo al lado y soy feliz, porque aprendí a que no tenía otra opción. Pero tú, Catalina, tenías la oportunidad de mostrarle tu potencial al mundo, de ser una heroína y escribir una nueva historia. Tú historia. Y lo desechaste. Siempre viste todo con esperanza, eras diferente. ¿Por qué dejaste que te contaminaran?
—¿Y qué debo hacer, entonces? ¿Regresar y arreglarlo todo? ¿Por qué me has traído si deseas que me marche?
—¡Pues porque estoy muerto, Catalina! Porque necesitabas entenderlo de una vez.
—Sé que lo estás, vi cuando sacaron tu cuerpo del río, estuve presente en tu funeral.
—Lo sabes, pero no lo entiendes. No lo aceptas. No visitaste a mis padres luego, te negaste a pronunciar mi nombre, tiraste mis regalos, me borraste de tu memoria. ¿Cómo crees que me sentí? Yo no planeaba morir y tú, vives tu vida de una manera incorrecta, desperdicias todo lo que yo anhelo por tener de regreso.
Catalina hundió su rostro entre sus manos, avergonzada y dolida. Dejó que las lágrimas aliviaran el peso de sus ojos y lloró tanto como su alma lo pidió. Ella no quiso ser mala, pero cerró su corazón, lo congeló por siempre, remplazó sus colores y en cambio, se convirtió en una persona egoísta, malcriada y gris.
—Jamás pensé en causarte daño, lo lamento. Moriste y todo se volvió tan complicado. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí realmente feliz. Venir aquí, fue lo mejor que había pasado en tanto tiempo, pero quizá tengas razón, debo regresar. Hacer las cosas diferentes.
—Es lo mejor, no quiero que te pierdas de todo lo que te falta vivir.
—Y si quiero volver a verte, ¿Qué haré? ¿Me visitarás más veces?
—No te preocupes por mí, yo, siempre, prometo que estaré ahí. Solo basta en que me recuerdes de nuevo.
La joven cerró sus ojos y dejó sus lágrimas rodar por las mejillas. Había cometido un gran error en irse de casa. Debía volver. Lo anhelaba. Entonces, todo a su alrededor comenzó a girar con rapidez, su visión se hizo borrosa, su estómago se retorció y, en menos de lo esperado, Catalina ya se encontraba de vuelta al sofá de la casa de su abuela. Acostada, justo como la última vez. Abrió sus ojos y observó todo a la normalidad, su madre la observaba extrañada y le sonrió con gentileza.
«¿Había sido todo un sueño? Sí, tal vez.»
—A que no me crees con que he soñado, madre. —Comentó un poco adormilada—. Debiste estar en mi mente, creí tener 5 años, fue simplemente maravilloso, ¡Marcos estuvo ahí!
Marcos, ah.
Él también había sido un sueño, con lo feliz que se había sentido de verlo de nuevo. De manera repentina, su mal humor se había esfumado y su estadía en dicha casa, no le parecía tan incómoda.
—Cuéntame de camino al comedor, cariño, los abuelos nos esperan. —Le pidió la madre.
Catalina caminaba detrás de ella y cuando pasó por una venta para observar que la lluvia finalmente se había calmado, su corazón casi sufrió de un paro cardiaco. ¡Ahí estaba él! Su tierno y dulce chico la veía sonreír emocionada. Todo, al parecer, había sido real. ¡Qué alegría sentía! Estaba a punto de avisarle a su madre, ella debía verlo también, pero cuando giró su rostro de nuevo, Marcos ya se había esfumado. Catalina, sin embargo, no sintió tristeza como la última vez. Había una chipa en su interior, algo que recién había nacido. Era una señal, todo debía ser mejor ahora. Sin duda, a partir de ese momento, lo vio todo con otros ojos, como si fuera una nueva oportunidad en su vida de arreglar sus errores, de ser quien en verdad quería. No sería solo por Marcos, sino también, por ella, por el simple hecho de seguir viva y poder celebrarlo.





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