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Las cuatro estaciones

Foto del escritor: Elisa Samayoa
Elisa Samayoa
18 dic 2021
4 min de lectura

Él era como el invierno, frío, solitario y triste; yo era como la primavera, cálida, romántica y alegre. Nos conocimos en verano, yo aún brillaba por mí misma, aún soñaba, aún cantaba. Él tan solo buscaba una luz que le iluminara el camino a casa, no dormía, no hablaba.


En un pasado simple, existió un él y un yo, que estaban juntos en la misma oración. Ahora no puedo escribirlo de nuevo porque todo me suena a una terrible contradicción. ¿Cómo pudimos conjugarnos con verbos copulativos y pensar que saldríamos ilesos de todo ello? El problema es que, entre los dos, él era el único que pensaba, yo solo actuaba. Tal vez solo estábamos enamorados, éramos jóvenes y actuábamos por impulsos; pero él, nunca fue él y yo, nunca fui yo. Entonces, un día, él simplemente se dio la vuelta. Yo dije adiós. Él ya no me escuchó.


Lo vi en la albera por primera vez. El sol quemaba mi espalda, estaba bronceada, mi cabellera era libre y cuerpo era un imán a los ojos de extraños. Él se escondía bajo la sombra, su piel era pálida, tenía un corte de cabello extraño y ni siquiera se había fijado en mi pequeño traje de baño. Yo tenía dieciocho; él quince. A mí me apasionaban los hombres, las aventuras y los peligros. Él amaba la física cuántica, el silencio y los libros.


Me acerqué a hablarle, él me ignoró. Estar cerca suyo aceleraba mi corazón; él parecía tan tranquilo que, incluso, me hizo pensar que ni siquiera le gustaba yo. Probé seducirlo, él fue más fuerte a mis encantos y ni siquiera se inmutó.


Era un joven complicado, casi no hablaba y nunca contradecía a mi palabra; yo era simple y directa, pero con él se me acababan los temas, principalmente porque yo no sabía de nada. Así que, me frustraba.


Él se limitaba a sonreír con los ojos; pero yo sonreía hasta con mi alma. Pronto supe que a él le gustaba ignorarme y yo le daba la atención de todo el mundo, lo hacía sentir importante. Él se hacía el difícil, yo no era de rogar. Lo besé un par de veces, él nunca pidió más.


Él era un dilema, yo un libro abierto. Parecía un rompecabezas, yo jamás aprendí a armar uno; sin embargo, con él, realmente lo intentaba.


Un día, por fin, se animó a decir unas palabras. Mencionó algo de teorías, partículas y fotones; yo pensé en comidas, películas y fotografías. Creyó que me aburría y prefirió callarse; yo solo sentía que no era lo suficientemente inteligente para él y le pedí que siguiera hablando.


Él tenía cientos de libros en su cuarto, yo me empezaba a dormir con siquiera leer el titular de las noticias. Pero, por él, compré un libro de física, me tomé un café expreso, que ni siquiera me gustaba y aprendí, todo lo que pude, sobre la teoría cuántica.


Él no tenía amigos, yo tenía un sinfín de ellos. Sentí pena porque siempre estuviera tan solo y dejé a los míos pensando que hacía bien. Pero mientras él crecía como persona, yo, poco a poco, me apagaba.


Pronto, me di cuenta de que él dejó de tener miedo al hablar. Ya decía frases más largas e, incluso, recitaba, con puntos y comas, las cosas que hacía, lo que sentía, lo que quería. Así que, yo decidí callarme un poco, para que él contara más; quería darle un espacio, sin notar que perdía el mío.


Lo volví a besar un par de veces más, pero entonces sí me correspondía. Ya no era tan tímido, de repente, era audaz. Le empezó a gustar el calor, la cercanía y el tacto. Yo me estaba empezando a enamorar de su invierno. Algo le pasaba, pero a mí también.


Él se sentía más vivo, más ardiente, más capaz. Yo me sentía perdida, ingenua, sin un lugar.

De pronto, ya me quería. Ya me hacía sentir especial. Empero, yo ya no lo miraba como algo espontáneo, lo quería como a alguien formal. Lo invité a cenar con mis padres, contándoles maravillas de sus modales, de su conocimiento, de sus grandes habilidades. Él ni siquiera comió con cubiertos, habló con groserías y dijo que ya ni siquiera le gustaba la física. A lo mejor tampoco le gustaba yo.


Él estaba en un mundo superficial, yo recién había salido de ello. Ya le gustaban las tendencias, las chicas y los retos; yo me había fascinado con sus libros, su música clásica y sus anteojos.

Entonces, él ya tenía amigos, amigos que alguna vez tuve yo; aunque a la persona que excluyeron del grupo no fue él, sino a mí.


Vino otoño y eso fue lo peor. Él prometía amarme, pero creo que amaba a mi versión anterior. Yo hacía lo mismo consigo, por eso ya no encajábamos ni en la misma canción. Ahora, él era arrogante, orgulloso y egoísta, se parecía a todos los hombres con los que había jugado antes, solo que, yo ya no me sentía bonita, suficiente o lista. Él, que no era dueño de nada, se convirtió en dueño de todo. Yo, en cambio, ni siquiera sé qué decir al respecto.


Le di mi primavera a cambio de su invierno. Él salió ganando, yo salí perdiendo.


Dejamos de ser "él y yo", el día en que encontró a otra persona, otra donde sobraba yo. Entonces fue "él y ella", "él y ellas", "él y el otro él" y así, tantas combinaciones sin un final. Sigo escribiendo mi pronombre personal en singular, porque me quedé siendo fría, solitaria y triste; me quedé siendo invierno, o eso dicen.

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