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Habitación E-17

Foto del escritor: Elisa Samayoa
Elisa Samayoa
18 dic 2021
3 min de lectura

Han pasado 528 días desde que esta habitación se convirtió en mi confidente, en mi lugar seguro y en mi pequeño gran mundo.


De tanto ver hacia el techo, un día, de pronto, se convirtió en un espejo al cielo exterior. A veces tiene tonalidades azules, a veces, anaranjadas con nubes esponjosas y esponjosas, o puede que esté despejado y sereno. Por las noches, los adhesivos con forma de estrellas que pegué en el techo, brillan en la oscuridad y por poco se me olvida que la inmensidad de ese cielo que admiro todos los días, ni siquiera es cielo.


De los colores en el diseño del azulejo, empecé a recrear personajes de las caricaturas que solía ver de niña. Unos tenían grandes narices y hablaban sin cesar; a otros se daban la espalda y señalaban caminos inconclusos en los nueve metros cúbicos que oxigenan a mis pulmones y las finas paredes que resguardan a mi cuerpo.


De las líneas entre las puertas, se formaban todas las historias que nunca llegaron a ser, pero se quedaron con la gana en cuanto el pestillo fue colocado y la puerta no pudo abrirse sola por su propio medio.


En las paredes se escuchan y leen los mejores cuentos que se han ido acumulando a lo largo de los años y de las ventanas, ese portal tan lejano que algún día significó libertad y armonía, parecen una pantalla ajena a la realidad a la que me encuentro.


Lo más curioso de todo esto es que nada era de la manera en que lo acabo de describir, hasta hace unos meses. Antes, entre la incertidumbre y los temores de mi habitación, sentía que mi cabeza se hacía cada vez más y más pequeña y mi cuerpo, insuficiente y incapaz, se oprimía en silencio. Fueron muchos meses de lidiar con ese sentimiento tan extraño, pero vino de la nada y no había mucho que podía hacer al respecto.


Quiero pensar que se debe a que, ahora, he aprendido a escuchar más y hablar menos; a decir infinitos "te amo", sin miedo de lo que viene después; a encontrar un poco de belleza en lugares inesperados y definir paz en los rincones de precipitación y agonía.


Durante mucho tiempo, había pasado en esta habitación con un sentimiento de temporalidad, que nunca le presté la suficiente atención a cada detalle que estaba deseoso de contarme su propia historia. Mi habitación era el transporte entre mis sueños y el mundo real. Sin embargo, luego de estar tanto tiempo conociendo un poco sobre este lugar, soy capaz de envolverme en esas pequeñas características que le dan sentido a cada objeto, cada color y cada textura que me ha visto llorar, reír, amar y perder. Y es que, he podido apreciar la belleza de lo efímero, a brindarle mayor importancia a la estabilidad emocional y a valorar las segundas oportunidades que se presentan; sobre todo, porque ahora no sé si se tratan de las últimas.


Creo que hay belleza en la esperanza de todos los demás, sobre todo, los que se encierran tanto y sueñan desde su pequeña habitación, como yo. Hay belleza en el silencio, en el tiempo y en lo difícil que es comprenderlo cuando a veces vuela y otras se hace eterno . Hay belleza en la luz de las lámparas, en el olor a jabón de las sábanas, en el reflejo del piso, en el eco de mis sueños.


Hay belleza en todos lados y eso lo hace más encantador. Pero ahora, ya no hay temor por animarse a vivirlo, porque, después de todo, no hay nada por perder.

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